En el foro
| Platonico |
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| Escrito por Athatga | |
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Parecía estar ahí, lo veía un segundo y se esfumaba luego. Lo buscaba con la mirada y podía sentir su presencia, esa emoción ya conocida. Pero no, no era la sensación habitual en la piel, ni las dichosas “mariposas en el estómago”, no había sudor en las manos y no estaba nerviosa. La ansiedad invadía poco a poco, pero era fácil evadirla.
Y platicaba con ellas, amigas de siempre, llamando la atención por representar gráficamente toda una serie de obscenidades, que resultaban divertidas, sí, pero vulgares: hablando a lengua suelta de hombres, de sexo, de ademanes, anécdotas, gestos y costumbres: de rituales; olvidando por momentos el mito de su cercanía, mito, que percibía de alguna manera, de todas las formas posibles, pero imposibles de explicar. ¿Quién podría contestar si la suerte estaba a favor o en contra? Cuando por fin había conseguido olvidarlo y enfrascar la atención por completo en las pláticas banales, él apareció. No habría podido explicarlo: algo se activó desde dentro, haciendo ruido, y hubo que girar la mirada justo hacia donde se encontraba, con ese fuego que se desconocía en sí mismo: el pequeño mago que lograba captar la atención con uno sólo de sus movimientos, el filósofo capaz de realizar mil teorías de la vida, el manipulador que podría mover masas en su beneficio. De pie, a unos 15 mts. de distancia, podía sentir la fuerza de su espíritu, el ardor en su corazón, hombre, niño, amigo, nunca amante. Habría tenido que observarlo con demasiada insistencia, él terminó buscando el cruce de miradas, saludar con la mano, pequeño iceberg, despedirse y acercarse. Ese andar tan suyo, tan indiferente, esos ojos oscuros de mirada vigilante, ese toque casual. Esos sus ojos que habían logrado despertar el amor con una sutileza desbordante, apasionada sí, pero no romántica, un amor incondicional transformado en amistad: sólo con él, dar, significaba también recibir. Y cómo explicarlo, los demás nunca eran ignorados, pero al estar juntos, ellos salían sobrando y se separaban, dejando una pareja que hablaba de todo, pero de nada serio. Los juegos, e incluso el sarcasmo y el humor negro; esa forma de representar y de concebir la vida; ese sentimiento que envolvía y que podía respirarse ¿Quién dice que dos corazones no laten al unísono sin estar enamorados? Nunca había contacto, no había caricias, los abrazos podían contarse con los dedos de una sola mano, pero era fácil saber que se tenían y que, estando en el lugar que fuera, podían contar el uno con el otro. Era magia, un entendimiento que iba más allá de la razón, que se sentía en la piel y se volvía oxígeno, que cobraba vida desde el mismo corazón y circulaba en las arterias igual que la sangre. Todo era posible, los temas eran interminables y cada palabra, cada frase, era capaz de provocar sonrisas y carcajadas. Fue una fiesta privada, en la que intervenía todo, menos el cuerpo. Sólo las manos, para ser más gráficos al hablar; sólo las piernas, para poder ir de un sitio al otro; sólo la boca, para poder expresar ideas y pensamientos, y sólo el corazón, para sentir el sentimiento. Y no importaba la música, y las personas que compartían el mismo espacio eran completamente innecesarias, no hacía falta más compañía, y hasta las caricias estaban de más. La piel salía sobrando, no era necesario decirlo, a veces, en silencio se entiende el amor, y el corazón no necesita palabras explícitas, sólo la calidez y los pequeños detalles que forman el mundo, para luego extrañar, cuando el momento termine. Esa fue la noche eterna. Es ya otro día pero esa noche nunca terminó. Ya sin su presencia, al evocar su recuerdo, el beso de despedida, el quinto abrazo y sabía que él estaría ahí cuando lo necesitara, que volvería a encontrarlo en alguno de los caminos por recorrer y mientras tanto, en las estrellas estarán por siempre los buenos deseos y los momentos compartidos y por siempre, el cariño en el corazón…allá, donde quiera que se encuentre, tiene un hogar que espera cobijarlo de nuevo, un músculo palpitante que tiene el mismo ritmo que el suyo, un lugar al cual regresar… |
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