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No es tan íntimo... ni tan indiferente... PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por Athatga   

La boca de él se bebía la de ella, en su tez existía la faz de la vida de la tierra, y en su sexo, la desesperada paz de la extremaunción. Era el cielo, era una religión, “un credo” como se ha escuchado en más de una ocasión; algo tan puro, tan simple, tan llano, pero imposible de explicar. Había en su cuerpo miles de manos, ágiles dedos como la huida de una presa; su lengua se movía con la misma convicción de los peces en el mar…ahí terminaba la búsqueda del sin fin sin respuesta, ahí moriría su sed de encontrar.

            Los pétalos se abrían, delicadamente como una flor, y sus manos viajaban hacia las extremidades de la anatomía del otro: dedos, manos, piernas, y en su desbocado afán por mantenerse cerca, terminaban con los cuerpos enlazados, perfecto rompecabezas ¡Era cierto! ¡Era cierto aquello de convertirse en uno! ¡Era cierto! ¡Era cierto que se puede demostrar así el amor! Tan cierto que la única mentira era el amor mismo…y sin embargo lo era todo: una explosión, el exceso de los sentidos, la magnificación de los nervios, de los bazos capilares del cuerpo…era todo el exceso, una desbocada carrera por conseguir una ceguera parcial y momentánea: el placer y luego nada, la respiración agitada y el sonido casi palpable de los latidos del corazón.

        Y sin embargo, a pesar de su aparente indiferencia, seguía siendo su boca tan deliciosa, fruto maduro; seguía siendo su piel como el mar; su tono perfecto como la arena al sol, pero a pesar de la total unión de sus cuerpos, ¡aún no aprendían a amar! Era el vaivén sinuoso como las olas, y sus senos receptivos como un panal, y en sus ojos, aquella mancha velada, un halo de luz que nunca dejó de brillar….

        ¿Había algún mensaje en ese caparazón? ¿Era esa evacuación algo realmente tan íntimo? Un significado oculto, un mensaje sordo, una palabra callada, y en la humedad insinuante de sus labios, un dulce y obsesivo gemido de placer…en su piel, la marca de sus dedos; en su cuello, la evidencia de su boca, ahí, justo donde la sangre asciende a ser purificada, ahí, donde los latidos son tan obvios que se pueden ver.

        Era una profunda agonía, pero tan placentera que la alargarían hasta donde fuera posible. Era el cuerpo del otro como la playa del náufrago, el fin del mundo, el nuevo génesis…uno con el otro, pulsando, vibrando…no importaba lo que dijera, podía pender su vida de un hilo, podía detenerse el tiempo en un instante, podían las mareas estancarse…ese era el único sitio donde deseaba estar, su vida y su sepultura, su muerte y su entierro, su eterno sufrimiento, ¡Su sed de amar!

        ¿Podría sentir el mismo deseo con otro olor? ¿Las diferencias que presentaría otro cuerpo mermarían su encanto? ¿Cabía en su corazón el destello de ese amor? Peligroso, brutal…o es que acaso crecen capullos de un cariño unilateral, pausado, prolongado, por demás confuso, hundido en la incertidumbre… ¿Qué sentirá él? ¿Qué sentirá ella? Fuera de sus sensaciones corporales, si de su boca no escapan nunca palabras de cariño, si sólo se distingue la capa de sudor perlando su superficie, notas expectantes en sinfonía. Sólo sus manos, sólo su cuerpo, sólo su sexo…ahí radicaba todo su poder… ¿Era su piel todo lo que compartían?

        Al final, su boca siempre deja de tocarla y sus manos se relajan lejos de su piel, sus latidos dejan de ser suyos y sus palpitaciones ya no se pueden ver. Las dudas reaparecen una a una en su mente, aquella respuesta había concluido, con aquel resultado tan revelador como sedante…su sed de saber quedaría postergado hasta el nuevo encuentro…aunque sus ojos buscaran un gesto cálido…aunque un tonto acuerdo le impidiera abrir los labios y le obligara a reprimir el deseo desesperado de abrazar ese cuerpo y repetir, una y otra vez: “te amo, te amo”.

 
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